Formaciones del inconsciente: clases de Stella Cinzone (Texto: “El chiste y su relación con el inconsciente” S. Freud)

El desarrollo que Freud hará en este libro tiene dos partes.

  1. Una primera parte en la que va a resolver la cuestión de por qué un chiste es un chiste. Qué hace que un determinado pensamiento, juicio, sentencia, dicho, sea un chiste.

   Y en un segundo momento de la reflexión:

   b) Por qué el chiste hace reír. Y cómo se produce la risa.

Son dos cosas distintas.

Por supuesto que, como hombre culto que fue siempre, y según su modo de proceder, -como en el libro de los sueños- cuando Freud se aboca a pensar una cuestión, revisa la literatura que hay sobre el tema. De modo tal que ustedes encontrarán citados a los filósofos, filológos y retóricos que habían estudiado el chiste hasta ese momento. Así, Freud tomará algunas de las afirmaciones de estos investigadores, aquellas que le parecen verdaderas, como por ejemplo, que el chiste es un juicio estético en lugar de un pensamiento ordenado racionalmente, o que su eficacia reside en la brevedad del pensamiento, o que el chiste está en la oscilación entre el desatino y la comprensión. Son cuestiones que atañen a la esencia de lo que consideramos un chiste. Pero veamos cómo procede Freud, luego de leer todo lo que encontró sobre el tema.

Es importante reparar en que Freud parte siempre de lo que aparece, del acontecimiento singular, avanza sobre lo que se presenta como acontecimiento, en el análisis de eso. A eso llamamos clínica, quizá un tanto imprecisamente. Yo prefiero llamar a nuestra práctica como lo hacía Freud: un psicoanálisis.

Así, ustedes pueden ver apenas abren el libro “El chiste y su relación con el Inconciente”, que Freud parte de una observación elemental, que puede parecer demasiado básica y sin embargo en ella está en ciernes lo fundamental de su consideración acerca del chiste. Siempre es así, Freud hace una observación elemental y con ello avanza, por ejemplo, como hemos visto, que no sólo se olvida sino que se recuerda erróneamente, o que en todos los análisis de las histerias aparece una escena sexual de determinadas características, o que cuando se relata un sueño comienza a haber agregados que no son el mero contenido manifiesto, o que un síntoma es un sufrimiento que no se quiere abandonar, etc., etc. Y de ello extrae las consecuencias.

En este libro, Freud recuerda lo que todos sabemos: que si uno lo explica, el chiste pierde la gracia.

De esta mera observación deduce y demuestra las dos características decisivas para que un chiste sea un chiste:

  1. En principio, que no es el pensamiento contenido en el chiste lo que hace reír, sino que el chiste depende de su expresión verbal y no del pensamiento que subyace al mismo. Depende de la forma expresiva.  Allí reside todo el poder chistoso. Es claro que no es lo mismo para el que escucha, decir: “Sí, lo ví a Rotzchild y me trató muy familionariamente”, que hacer una perorata con el pensamiento que subyace: “Me trató tan familiarmente como puede hacerlo un millonario con un pobre diablo como yo, que no tengo un mango haciéndome notar sus millones” Esto no hace reír, es una reflexión más o menos amarga o más o menos mordaz, según cómo se lo mire, o se lo diga, pero no es un chiste. O sea que el chiste depende de su técnica. La convicción freudiana es que si el chiste depende de la expresión verbal, es posible desmontar la técnica que ha llevado a esa expresión.

Hay además una segunda condición que se deduce de esa mera observación:

  • Que el otro se ría. De lo contrario, por más feliz que sea la técnica esto no será un chiste. La participación del otro es necesaria. Para que alguien se ría de un chiste el oyente debe ser de la misma parroquia. Tiene que resonar en quien lo escucha aquello que quien lo cuenta quiere evocar y convocar en el otro. Es necesaria la sanción del Otro.

Vayamos por paso

  1. La técnica verbal

La técnica verbal del chiste consiste en el trabajo de las palabras.

Para ver qué queremos decir tomaremos, entre los muchísimos ejemplos de este magnífico libro, el clásico: “Familionario”.

¿Cómo analiza Freud este chiste?  ¿Qué se ha producido?

Distinguimos, prevalentemente, un proceso de condensación y sustitución. Condensación entre:

                           FA   MI    LI     ÄR

                                 MI    LION ÄR

Esta condensación está favorecida por la homofonía entre “Familiar” y “Millonario”.

La fragmentación de las palabras permite que, por homofonía, se produzca esta especie de “embuchamiento” de las palabras.

La condensación es posible gracias a este procedimiento de fragmentación y pegado de las palabras según el trabajo de la lengua, el trabajo del significante. Tal como hemos visto con el ejemplo de aterré.

El ejemplo de aterré demuestra que la lengua trabaja sola. Pero no debe perderse de vista que ese trabajo tiene efecto sobre los hablantes.

Respuesta a una pregunta:

“Aterré”: El cambio de sentido que a lo largo de la historia de la lengua francesa ha sufrido esta palabra, es el resultado de un trabajo de sedimentación de pequeños cambios y modificaciones que se produce merced a la dinámica de la lengua. La lengua hablada es una lengua que está viva, en perpetuo cambio, no es un sistema fijo, no es una lengua muerta. Las lenguas vivas, habladas, están sometidas a perpetua modificación. ¿Pero de quién depende la modificación? De ningún individuo particular. La lengua trabaja sola. No se trata de que a alguien se le hubiera ocurrido inventar un nuevo sentido para “aterrado”. Seguramente, las modificaciones de la lengua dependen de la comunidad que las habla pero esas modificaciones trascienden las intenciones individuales de los hablantes que, de pronto, se encuentran hablando una lengua modificada sin saber en dónde se produjo el trastrocamiento o la novedad. Es más, los que la hablan no “saben” que mientras hablan, mientras usan palabras “novedosas” están produciendo un cambio en la lengua. Porque, es más, podemos extremar el razonamiento y decir que es en la lengua que se produjeron las modificaciones y es la lengua la que obliga al hablante a usarla. Es la lengua la que habla través del que dice.

 Por ejemplo, yo puedo recordar cuándo (no qué día, pero sí en que época de mi vida) empecé a usar la palabra “zafar”. Esa palabra no existía en mi infancia o en mi adolescencia. Sin embargo, en un momento de mi vida, en el lenguaje coloquial empecé a usarla. Y ahora resulta imprescindible. Ya no sé si sustituyó alguna otra expresión, ni cuál se usaba para expresar lo que ahora se dice con la palabra “zafar”. De algún modo fui “obligada” por el movimiento mismo de la lengua a usarla, sin que yo me diera cuenta un día la estaba usando. Por eso digo, en cierto sentido la lengua “me” habla.

Se trata del trabajo de la lengua. Este trabajo que engancha el terror con la tierra es un trabajo de la lengua, del mismo modo que es un trabajo del inconsciente (que trasciende las intenciones del que habla) enganchar, fragmentar, embutir el FAMILIAR y el MILIONÄR (o el Signorelli con el Boticelli- Boltraffio o la mesa redonda con la deuda, etc.)

Y, a la vez, es esto lo que produce, junto con la sorpresa del que habla, la risa.

Por otra parte, “Famillonariamente” es, además de una condensación, una formación sustitutiva. ¿De qué? De todo ese pensamiento que está en juego en el ánimo de Hirsch Hyacinthe cuando dice lo que dice.

Para Freud una formación del inconciente, recordarán Uds., es:

  • Una formación de compromiso
  • Una formación sustitutiva

El trabajo del inconsciente supone la sustitución.

Por ejemplo, en el sueño, el contenido manifiesto es sustituto del contenido latente. Y lo que nos importa, para la interpretación del sueño no es ni uno ni otro, sino el trabajo que ha conducido de uno a otro (traumarbeit). Es el trabajo del sueño, el trabajo del inconsciente en el sueño lo que conduce al contenido manifiesto que es un sustitutivo y que desconcierta, angustia, etc.

Una formación del inconsciente es tal porque hubo trabajo del inconsciente que produjo deformación y sustitución. Hemos reconocido en el olvido una formación del inconsciente porque hay sustitutivos, porque hay un trabajo del inconsciente que lleva desde lo reprimido hasta los sustitutivos.

Así también el chiste es una formación del inconsciente porque hubo un trabajo del inconsciente que produjo esta fragmentación de las palabras y esta condensación, pero al mismo tiempo porque hubo sustitutivo, porque hay sustitución.

Respuesta a una pregunta:

Hay algunos ejemplos que da Freud, en que un acto fallido puede producir un efecto chistoso. Hay un ejemplo clarito en “Psicopatología de la vida cotidiana”, es el ejemplo de un acto fallido que, sin embargo, tiene función de chiste. Nos va a servir para situar toda una serie de cuestiones sobre nuestro tema.

Cuenta Freud que en una reunión social hay un grupo de personas conversando, y una señora, de inclinaciones feministas, está sosteniendo un acalorado alegato con relación a la diferencia de los sexos y a la discriminación de la que son objetos las mujeres. “Por ejemplo, dice la señora, a una mujer la sociedad le exige que posea una serie de atributos, que sea bella, educada, inteligente, buena madre, buena persona, etc, etc. En cambio a un hombre ¿qué se le exige? Sólo que tenga sus cinco miembros derechos”

La señora no escuchó lo que acababa de decir hasta que su auditorio estalló en una carcajada. La señora quiso decir sus “cuatro” miembros derechos, y dijo “cinco” la pobre mujer. Fue un fallido pero funcionó como chiste. Ya ven ustedes que la intención del chistoso es poca cosa.

La sustitución de “cuatro” por “cinco” funcionó como chiste porque vehiculizó el deseo de la mujer. Más allá de todo su discurso yoico feminista, lo que el fallido hizo aparecer era un deseo femenino sofocado por la riña entre los sexos. Lo interesante del ejemplo es: a) ella no sabe lo que dice en el fallido, b) sólo se entera porque su auditorio puede “escucharla”, c) recién cuando le retorna el sentido de lo que dijo desde los otros puede escuchar lo que dijo, d) y al escuchar ese sentido diferente, enterarse algo de su deseo, e) reconocemos en el ejemplo, ese efecto que llamamos de “división” – para decirlo de algún modo- que padece la señora.

Y todo esto gracias a una simple sustitución de “cuatro” por “cinco”.

Entonces, para Freud, inherente al trabajo del inconsciente no puede no haber sustitución, ya que el inconsciente nunca aparece a cielo abierto. La formación sustitutiva está dando cuenta de ese trabajo, ya que al mismo tiempo oculta y alude lo reprimido.

O sea, en el mismo momento en que hay represión, en que algo no puede decirse (recuerden que es esto la represión) aparece un sustitutivo que lo dice a medias sin poder decir del todo. La verdad se dice a medias. En esta convicción se basa la asociación libre.

Volviendo al libro sobre el chiste, resulta muy interesante reparar en cómo particulariza y distingue Freud lo que siempre se ha dicho sobre el tema, cambiando completamente el enfoque, en función de la existencia del inconsciente. Veamos.

Releyendo la introducción del libro me llamó la atención que, haciendo un recorrido sobre los diversos autores, Freud hace hincapié en algo que un tal Liszt destaca: la brevedad del chiste. Fíjense qué interesante, está hablando de otra cosa, el contexto es otro, pero dice: “el chiste dice siempre lo que ha de decir, no siempre en pocas palabras pero sí en menos de las necesarias. Siempre podríamos decir que no son las suficientes. Puede decir todo lo que se propone silenciándolo totalmente.”

Esta cita trae agua al molino de lo que Freud está pensando: el chiste es un modo de decir algo silenciándolo.

Esto se puede decir de toda formación del inconsciente, ya que es así como se articula el inconsciente: a medias, como se puede, por alusión, por múltiples referencias, transformado, deformado, disfrazado.

¿Y cuál es la función de la sustitución? Que tanto el sentido inconsciente como la verdad a la que da lugar se producen gracias a que hay sustitución. Por supuesto que si hay algo que sustituye, hay algo sustituido. Pero, en realidad, el sentido que se produce no depende de ninguno de los dos, ni de lo sustituido ni del sustitutivo, sino del hecho mismo de que haya sustitución, de la relación de ambos en la medida en que hay sustitución.

Recuerden lo que trabajamos de la metáfora.

Cuando uno escucha la metáfora “la rosa de tu rostro” uno no escucha que la joven aludida tiene una flor pegada en la cara. Se escucha otro sentido y ese otro sentido que se escucha depende sólo de la sustitución, no depende ni del término sustituido (boca) ni del sustitutivo (rosa). Todos los sentidos que se escuchan allí[1] (la frescura, el perfume, la juventud, el amor, el arrobamiento  del que habla, la belleza de la amada, etc.), pueden escucharse sin estar dichos, porque hay sustitución. No depende ni del sentido de “rosa” ni del sentido de “boca”.

En la metáfora hay intercambio, pasaje de sentido de un significante a otro. Hay oposición, combinación, lo que quieran, pero fundamentalmente hay sustitución: es porque rosa sustituyó a boca por lo que aparece esa nota de frescura, belleza, juventud, amor en el rostro de ella.

Decimos: Es porque hay sustitución por lo que se produce un sentido inesperado que no depende del sentido de cada uno de los términos. Un sentido sorpresivo e inesperado. Por eso Lacan, cuando discute con los retóricos el concepto de metáfora, pone el acento en la barra que señala la sustitución. Para decir que es la sustitución la que produce el sentido. Y agrega: no hay sentido previo. No hay un sentido previo y una inteligencia superior que decida sustituir boca por rosa para producir un sentido determinado. La escribe el poeta, pero la metáfora la hace la lengua. Y nadie puede saber qué sentido va a ser efecto de la misma.

Esto es la esencia de la metáfora.

No toda sustitución produce metáfora. Pero sí debemos decir que cada vez que hay metáfora hubo sustitución.

Entonces, el sentido que hace reír en un chiste y del cual el que se ríe no se da cuenta, es metafórico.

Cuando uno se ríe con un chiste no tiene en mente el razonamiento o el pensamiento que se podría desplegar si se explicara el chiste. Lo que hace reír es el sentido que se produce de modo inesperado.

Ese sentido es el que hace estallar la risa y se produce porque hay sustitución. Por ejemplo: “Familionariamente” metaforiza todo el pensamiento entre amargo y mordaz del pobre pariente proveedor de lotería que fue a lo del millonario.

Respuesta a una pregunta:

 Si hablamos de metáfora es porque hay discurso. Los humanos, en tanto “ser”, sólo somos seres hablantes. Lo que funciona es el discurso. Por eso un silencio puede ser metafórico.

Entonces, este trabajo de condensación y sustitución constituye lo que Freud llama la técnica verbal del chiste. ¿Los chistes se producen siempre por condensación? Bueno, no. En el libro Freud clasifica los chistes por condensación y por desplazamiento.   

El ejemplo clásico de chiste por desplazamiento es el segundo que aparece en el libro, el de los dos que se encuentran a la salida de los baños públicos: ¿“Has tomado un baño”? le dice uno al otro. Y el otro le contesta: ¿“Por qué, falta alguno?”

El efecto chistoso reside en el desplazamiento del sentido de la palabra “tomar” desde una frase a la otra. Este desplazamiento es metonímico.

Pero el que a mí más me gusta es el del becerro de oro: llega un millonario a una fiesta y toda la concurrencia se agolpa melosamente a su alrededor. Dos caballeros se han quedado reprobatoriamente aparte de la escena. Uno le dice al otro “he ahí a la sociedad moderna adorando a su becerro de oro” Y el otro le contesta: “Bueno, le quita usted años”.

El chiste depende enteramente del cambio de sentido de la palabra “becerro” que introduce la réplica.

Respuesta a una pregunta:

 Podemos con Lacan decir que las leyes del inconsciente son las leyes del lenguaje: metáfora y metonimia, las dos operaciones por excelencia del lenguaje. Roman Jakobson, en su estudio sobre las afasias, encuentra que la enorme multiplicidad de figuras que la retórica había clasificado, se pueden reducir, en cuanto modo de funcionamiento a la metáfora y le metonimia, constituyendo éstas las operaciones fundamentales del lenguaje. Lacan hace suya esta demostración y propone que, si la lengua trabaja por metáfora y metonimia, y en la medida en que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, (una hermosa frase de Lacan que a veces se bastardea o no se entiende), entonces, las leyes del inconsciente son la metáfora y la metonimia. Lacan encuentra en la lectura de Freud que el inconsciente trabaja como trabaja la lengua, y de ese modo sustituye las leyes de funcionamiento freudianas –condensación y desplazamiento- por las del trabajo de la lengua, tal como lo demostró Jakobson: la metáfora y la metonimia.

En lo que estoy haciendo hincapié ahora es que el final de estos procesos es siempre una sustitución. Por eso no son exactamente superponibles condensación y desplazamiento con metáfora y metonimia. El desplazamiento es sin duda una metonimia del sentido, pero la condensación no es una metáfora si no se toma en cuenta el proceso de sustitución, y ese proceso también concierne al desplazamiento, porque no hay sólo desplazamiento, sino también sustitución al final del recorrido metonímico.

Respuesta a una pregunta:

Lo que debe tenerse en cuenta es que, para Freud, el desplazamiento y la condensación son desplazamiento y condensación de cargas por y entre los representantes de la pulsión. Vimos los distintos sentidos del término inconsciente en Freud: descriptivo, dinámico y sistemático. Lo que hace del inconsciente freudiano un verdadero descubrimiento son los dos últimos sentidos. El inconsciente es un sistema, o mejor dicho, varios sistemas, está constituido por haces de representantes entre los cuales circula carga libre (a diferencia del Preconciente cuyas representaciones tienen carga ligada) esa carga puede desplazarse sin restricciones desde cualquier representante de un sistema o haz a cualquier otro en cualquier otro sistema. Puede sustituir la carga que tenía (desplazamiento) o sumarse, agregarse a la carga del representante al que llega (condensación). En los dos casos, ambos procesos culminan en una sustitución de un representante por otro. Esto es la formación del inconsciente o el síntoma, y por eso se llaman formación sustitutiva. En cambio, para Lacan, al decir “el inconsciente está estructurado como un lenguaje” se saca de encima la cuestión de las cargas y se queda simplemente con las leyes de composición, con el funcionamiento retórico de la lengua. Al decir que está estructurado, mantiene la idea de base freudiana, de que se trata de un sistema muy complejo (sistema de sistemas de representantes) que funciona según leyes. Pero a diferencia de Freud, estas leyes no son “dinámicas” sino “retóricas”. Lacan es un gran lector de Freud, pero debemos hacer el esfuerzo de distinguirlos, de mantener la particularidad de cada una de las obras. La difusión de la lectura que Lacan hace de Freud corre el riesgo de que todo termine siendo una ensalada. O peor aún que Lacan oblitere la lectura de Freud.

Respuesta a una pregunta:

 Sí, metáfora es sustitución, aunque no toda sustitución es una metáfora. ¿Qué queremos decir con metáfora?: que produce sentido. Pero ese sentido no es un saber. Ese sentido es una “x”, una incógnita. Yo no puedo definir a priori, cuál va a ser el sentido que se produce por la sustitución de los significantes, de modo tal el sentido será siempre una irrupción, una sorpresa. Así trabaja el inconsciente.

El sentido

El chiste nos enseña mucho respecto de la producción de sentido. El sentido será siempre inesperado y sorpresivo. Desborda e –incluso- se produce a pesar de la intención del que habla o cuenta el chiste.

En la poesía ocurre lo mismo. Si bien uno puede suponer en el poeta la intención de generar algún sentido con su metáfora, nunca se puede prever ni agotar de antemano los múltiples sentidos posibles que es capaz de suscitar en el que lo escucha o en el que lo lee.

De este modo el sentido producido por la metáfora es siempre una x.

               S1=(x)

               S

La metáfora produce efectos incalculables, que no pueden reducirse, ni a la intención del autor, ni a la enumeración de sentidos de uno, dos, millones de lectores.

Pero también es una “x” porque no se reduce al sentido de los elementos significantes que lo componen.

   Por eso Lacan escribe:

               S1 = (s)

               S

Poniendo el sentido (s) a nivel de la barra. Porque no depende ni de un significante ni de otro. Luego, cuando complica esta fórmula en “La instancia de la letra” pone una “x” formando parte de la fórmula de la metáfora. Esa “x” no se despeja, forma parte ineliminable del sentido que se produce del otro lado de la ecuación. (No vemos Lacan en esta materia, así que Uds. tendrán la posibilidad de estudiarlo en otro momento).

Se las dejo planteada:

S          S´   1 (s)

S´         x

No importa que no la entiendan ahora, ya la verán en otra materia, pero se las dejo planteada para que entiendan esto que les digo, que Lacan va a dejar escrita en el interior mismo de la fórmula una incógnita que no despeja. Esa incógnita alude a lo sustituido y forma parte del sentido (lo que está planteado aquí como resultado) que nunca será Uno ni develado como único, ni nombrado.

Esto puede resultar complicado pero es fundamental porque es lo que diferencia al psicoanálisis de una hermenéutica.

En el caso del ejemplo de esta metáfora sencilla que hemos puesto como ejemplo para entendernos: “La rosa de tu rostro” nosotros podemos hacer un análisis semántico y llegar a saber cuál es el significante que se sustituye, y entonces llegamos de “rosa” a “boca”. En cambio, esto no es así para las formaciones del inconsciente. No se sabe, por ejemplo, qué es lo que Boticelli y Boltraffio sustituyen. En el momento del olvido Freud los reconoce como sustitutivos pero no sabe de qué. Pero no es a eso a lo que me refiero. Sólo a partir del análisis Freud tendrá noticia de aquello de lo que nada quería saber, y que sin duda no era Signorelli, por eso dice “olvidé lo uno contra mi voluntad cuando quería olvidar lo otro”, Signorelli fue sustituido “exitosamente” podríamos decir, pero esa sustitución no sería una metáfora si no se lanzara, por el análisis la producción de sentido que nunca es una significación, sino un sentido infectado de sinsentido, tramado en el sinsentido y que le permite acercarse, sin saberlo nunca a aquello que estaba actuando en él, que en tanto reprimido fue lo que provocó el olvido y, por lo tanto, la sustitución. Pero, como dijimos, Freud no llega a lo reprimido. Eso queda indicado en el gráfico: “pensamientos reprimidos”. Son una x. ¿Sólo porque Freud no tenía analista? Puede ser, pero valga este ejemplo para transmitir lo que estamos diciendo.

Si seguimos nuestro razonamiento acerca de la metáfora, con lo que se encuentra Freud en el análisis no es con lo sustituido porque ¿quién puede saberlo? ¿Quién puede saber qué es lo que ha sido sustituido, en tanto reprimido?

Podemos seguir a Lacan en esto:

Bo-Bo

Signorelli

Pero:  

            Signor

               Herr

Y             

       Herr?

         X

Artificialmente armamos las dos primeras sustituciones, pero en realidad todas deberían tener, en rigor de verdad, la estructura de la tercera.

Respuesta a una pregunta:

Claro, es que no debemos confundirnos. La clave de la metáfora no está en lo sustituido sino en el efecto de sentido, que es lo que concierne a un sujeto. Sea cual fuere la forma que le demos, lo cierto es que con lo que nos encontramos es con el sentido producido por la metáfora (no expresado). Insistimos, acá no se trata de que un significante exprese un sentido previo sino que un sentido que no puede saberse se produce metafóricamente, por sustitución. El sentido es metafórico, siempre que entendamos la metáfora de esta manera.

Volvamos el chiste

Hemos señalado dos condiciones para el chiste:

  • La técnica verbal
  • La sanción del otro

Ahora debemos relacionar ambas.

Fíjense que esta palabra que se produce, este “Familionariamente” no pertenece al código de la lengua. Ni de la lengua castellana ni de la alemana. ¿Qué es esto?

Este “ser de lenguaje” como lo llama Lacan, que se produce por el “embuchamiento” de otras dos palabras, es, en realidad un fuera de código y en ese sentido uno podría decir que es un desatino. Entonces: ¿Cómo es que el otro se ríe si no comprende nada? No solamente no comprende nada, sino que aparece esto que desde el punto de vista racional de la lengua o desde el punto de vista de la teoría de la comunicación, por ejemplo, no podría producir ningún efecto de comunicación.

Fíjense, desde el punto de vista de la teoría de la comunicación, tenemos un Emisor, un Receptor, un código y un mensaje. El emisor sabe lo que quiere decir y escoge los términos del código (C) para elaborar un mensaje (M) que emitirá hacia el receptor, mientras el Receptor cabalmente recibe lo que el emisor quiere decir y lo entiende porque lo decodifica. Este es el esquema básico de la teoría de la comunicación.

Si uno analiza el chiste, no se sostiene ninguno de estos términos. Veamos

El chiste nos muestra otro modo de “comunicación”:

  • El elemento que circula entre E-R, no forma parte del código, es un fuera de código. Sin embargo, no sólo es recibido por el que lo escucha, sino que es ahí, en el momento en que el otro se ríe que el sentido se produce.
  • Entonces es claro que el sentido no es previo: se produce en el momento en que el otro se ríe.

Si yo digo que el chiste es chiste sólo si el Otro se ríe es lo mismo que decir que M es un mensaje sólo si el otro lo considera como tal. Porque si el chiste sólo lo es cuando el otro se ríe, quiere decir que no es mensaje antes de que el otro lo escuche. Se transforma en ilusión la idea de que yo tengo algo para decir antes de hablar.

Entonces, ¿Cuál es la posición de Freud que siempre les enseño a deslindar? Que cuando encuentra algo que funciona de un modo que no es aquel que se supone que debe funcionar, extrae las consecuencias de ello: si hay algo que aparece como anómalo en su funcionamiento en relación a una norma ¿qué dice Freud? Que si esto es así, no es una anomalía sino que hay algo, en este caso en la producción de sentido o en el trabajo de la lengua, que lo permite, que permite este funcionamiento y que, por lo tanto, puede ser explicado.

El Psicoanálisis procede así y por ello es siempre singular, por ello puede avanzar en cada caso más allá de la moral, en tanto sistema de normas porque todo sistema de normas que proponga un deber ser es una moral, por más científica que se proponga. El Psicoanálisis permite trascender el deber ser.

Si nosotros consideramos que el sentido es previo a la palabra y que cuando hablamos ya está decidido lo que vamos a decir por el solo hecho de escoger las palabras, no podríamos dar cuenta del chiste, porque el chiste se produce en el que escucha. En la medida en que ríe.

Invertiremos el modo de pensar las cosas: desde el chiste concebiremos la producción del mensaje: el mensaje se produce siempre no en el emisor sino retroactivamente desde el receptor. Y esto es así siempre que se habla.

Desde el chiste esto es así, pero lo que el chiste nos enseña es que en las llamadas comunicaciones humanas esto funciona siempre de este modo.

Yo digo esto, pero cuando ustedes me dicen algo de lo que entendieron, o me hacen una pregunta, mi mensaje se constituyó ahí. Después yo te puedo decir, no, mirá, lo que yo quiero decir es tal cosa. Pero ahí ya estoy diciendo otra cosa.

Es que lo que llamamos comunicación está afectada por todo tipo de interferencias, o sea por el malentendido. No hay otra cosa que malentendido. Por suerte. Gracias a eso podemos seguir hablando, y gozando de hablar. ¿Se imaginan lo aburrido que sería que todos nos entendiéramos completamente? Una de las actividades que más satisfacción produce (de todo tipo) es la discusión. Y la discusión es posible gracias a que hay malentendido, que es la esencia del lenguaje. ¿Qué sería del tiempo de una pareja sino!

Bien. Este es el esquema de cualquier comunicación de las llamadas humanas. El ejemplo elemental del que ya hablamos antes es el del bebé y la madre.

Cuando el bebé llora, decíamos, no dice nada. Y sin embargo, la madre escucha: “tiene hambre”, “tiene sueño”, “llora porque se va la abuela” … etc.

En esas interpretaciones es donde se constituyó el mensaje de ese que no habla porque no sabe, pero es más, ni siquiera sabe que está diciendo algo, o que tiene algún tipo de intención. De todos modos, resulta que luego, cuando empezamos a hablar la cosa sigue funcionando así

El mensaje se constituye en el Otro.

La esencia del lenguaje no es el significado sino el malentendido.


[1] Se refiere a un simple ejemplo de metáfora poética tratado en clases anteriores: Supongamos una metáfora bastante poco elaborada, pero que sirve para pensar la cuestión. En un poema romántico aparecería el siguiente verso: “la rosa de tu rostro…” etc.

Clase 2

 La clase pasada decíamos que el chiste depende: 

Por un lado de la técnica verbal y, como toda formación del inconsciente, de las leyes del inconsciente, o sea de las leyes de funcionamiento del lenguaje: la metáfora y la metonimia.

Por otro lado depende de la sanción del Otro.

Estábamos la clase pasada viendo cómo esto podía cuestionar la teoría de la comunicación entendida como: un emisor que sabe lo que quiere decir, que escoge a sabiendas los elementos del código de la lengua, y un receptor que recibe cabalmente el mensaje que el emisor emite.

Freud dice que el chiste sólo se constituye como tal en la medida en que el Otro lo sancione como tal. Extendiendo el esquema descubierto en el chiste a todo mensaje, diremos que el mensaje se constituye en el que lo escucha, del mismo modo que el chiste se constituye en el receptor.  Lo que es inamovible en la Teoría de la Comunicación, por más que se hable de “feed-back”, de ruidos y de correcciones, es este saber lo que se dice y lo que se quiere decir. Toda la experiencia del inconsciente freudiano demuestra que el mensaje se constituye desde otro lugar que no es aquel de la intención del que habla y del que quiere decir. Es desde otro lugar que proviene el mensaje, ese lugar Otro lo llamamos Inconsciente.

Tomemos el ejemplo de “los cinco miembros derechos” que combina fallido y chiste. ¿Quién constituye ese fallido como chiste? La risa de los que escuchan. Y ¿quién habló cuando dijo “cinco” en vez de “cuatro”? Se habló desde Otra escena, como dice Freud en este libro. Entonces, el que habla, el que “quiere” decir, el que cree que sabe lo que dice o lo que quiere decir y se reconoce en lo que quiere decir, para el psicoanálisis, sin embargo, sólo habla y cuando habla dice que no sabe lo que dice. El mensaje se constituye en Otro lugar y no tiene en cuenta las intenciones del que habla. Incluso se lo lleva por delante, podríamos decir.

No sólo no hay un saber lo que se dice, sino que cuando el interlocutor se ríe, en ese mismo momento el que habla sin saber lo que dice no puede dejar de anoticiarse del hecho de que no sabe lo que dice (lo cual se anotará como turbación, perplejidad, etc.). Del mismo modo en el ejemplo que vimos de Tausk (de “Juden” / “Jugen”). Sólo que en ese ejemplo el que habla puede reconocer que ese fallido le concierne, mientras su auditorio (la señora que lo albergaba, recuerdan ustedes) no se da cuenta de la importancia que tiene ese fallido para él. En cambio, en el caso del chiste el auditorio participa en la constitución del chiste. E, incluso, como en el caso de la señora y su encendido alegato feminista, sin que la que habla pudiera reconocer la menor intención de haber hecho un chiste, hasta que la risa la incluye en el chiste que no quiso hacer.

Es el que oye el que instaura el chiste como tal.

Ahora bien, en algún momento hemos hablado del “método freudiano”, esto es, el modo en que analiza un fenómeno considerado intrascendente para la ciencia, y de ahí extrae consecuencias teóricas, con las va armando el andamiaje del psicoanálisis. Por ejemplo, como ya vimos, su teoría del sueño no se limitó al fenómeno onírico, sino que le permitió teorizar el Inconsciente; su abordaje de la perversión, le permitió revolucionar el concepto de sexualidad humana; o su concepto de síntoma neurótico acceder a la teoría de la represión como mecanismo fundamental de la estructuración del aparato psíquico. Así, el chiste nos advierte respecto de la estructura del mensaje lingüístico. Si bien no lo hace Freud en su libro, sino Lacan 50 años más tarde, es palmario que esto funciona para todo mensaje. El mensaje se constituye en el que escucha.

Por eso funciona el dispositivo analítico y la posibilidad de la interpretación. ¿En qué reside la posibilidad de la interpretación? En poder leer en los huecos del discurso y en los tropiezos del discurso un sentido inesperado que no se corresponde con la intención del que habla. Apuntar a un sentido diferente. Es la única posibilidad de analizarse. Cuando uno habla inmerso en el circuito del narcisismo y del síntoma no puede situarse de un modo diferente en relación a lo que dice, está tomado en la trampa del sentido de las palabras. La interpretación, al leer una diferencia, permite al que habla situarse de un modo diferente con relación a lo que dice.

Escuchar en lo que dice algo diferente a su intención de decir. Recién cuando interviene la interpretación leyendo algo diferente, recién entonces el que habló se entera de lo que dijo. (Más adelante trabajaremos cómo lee la interpretación y los problemas inherentes a esto, por ahora vamos por paso)

Esto funciona para todo mensaje, lo que pasa es que el Psicoanálisis es el único que se aprovecha de esto para darle lugar al desarrollo del inconsciente. Yo daba el ejemplo la clase pasada del grito del niño y la madre. Les decía que cuando un bebé llora nadie sabe lo que eso quiere decir. La madre está obligada a interpretar. Por un lado, interpreta el llanto como un llamado al que ella tiene que acudir. Si no estuviera la madre que escucha, ese llanto sería sólo un fenómeno físico-acústico que se perdería en la inmensidad del universo. Si eso no es un mero ruido, sino que es “un llanto” y ese llanto es “un llamado”, ya que la madre acude a él, es porque está la madre que escucha. Y en la medida en que le concierne, lo interpreta como un llamado. Eso por un lado. Y por otro otorga algún sentido al llanto: “tiene hambre”, “está mojado”, “quiere que le cante”, “le duele algo”, “quiere que duerma con él, etc., etc., etc… No será indiferente para el niño y para la historia del niño lo que interprete la madre, por supuesto.

Ahora bien, ¿dónde está el mensaje del niño?, ¿en el berrido inicial? No, el mensaje del niño se constituye cuando la madre interpreta.

Respuesta a una pregunta:

 En primer lugar, tiene que haber alguien que lo escuche, si no hay alguien que lo escuche, ese grito no será un mensaje, no tendrá ningún sentido. Será un fenómeno físico-acústico perdido en el universo. Si esto es un llamado es porque no sólo hay alguien que lo escucha sino que, además, al que lo escucha le importa algo, está concernido de algún modo por ese berrido, por ejemplo, la madre. Y a la vez, la madre constituye ese berrido en un signo al que otorgarle algún sentido. Una vez que la madre interpretó, ya no sabremos nada de la supuesta intención del niño. La madre pone en funcionamiento algún saber, hace apariencia de que sabe. No hay otra opción, ya que el niño tiene que subsistir. De que haya alguien que interpreta depende la subsistencia del humano. ¿Con qué interpreta la madre? Con lo que puede, con los sentidos e interpretaciones acumulados de siglos de puericultura, con la tradición familiar, con los consejos de la mamá, con el discurso de la medicina, etc., etc., etc.

Cuando el niño grita la madre interpreta e instaura en ese mismo momento el mensaje como tal, no sólo dice lo que quiere decir sino que le da estatuto de llamado y de mensaje.

Por supuesto que después las cosas se complican de un modo tal en que ya no es posible discernir qué es del niño y qué es de la madre. O mejor dicho, ocurren cosas de este tipo: un niño puede llegar a pedir lo que la madre le pide que pida y esto sin que la madre profiera palabra. Es una demanda ya demandada. Es típico en las madres y padres: “Viste, te das cuenta, ves que yo tenía razón, que era eso lo que él quería?”… Y más tarde será: “te das cuenta lo que te dice el chico? él prefiere ir al teatro (donde la madre quería ir) O bien: ves,ves? No es que yo sea una madre alimenticia y nada más es esta nena que pide todo el tiempo de comer, pobrecita, se nota que tiene hambre. O bien: ella es así, de buen comer.”

La demanda es una demanda ya demandada. La trampa de la puericultura moderna consiste en que desconoce este nivel de la demanda. La madre, por ejemplo, le pregunta al chico de cuatro años si quiere o no salir, si quiere ir a tal lado de vacaciones o a tal otro, si quiere o no ir a una visita y le parece que el niño puede saber lo que quiere. “Él quiere” aparece como inapelable, los padres delegan su decisión en un saber imposible para el niño. Como si la madre, o los padres temieran tomar las necesarias decisiones que tienen que tomar por su hijo, inventando un libre albedrío que no existe en la infancia. La trampa se cierra en el punto en que la madre no puede reconocer que ella genera esa demanda. Y este suele ser un problema en el análisis de los niños, porque los síntomas en la infancia están armados con este enredo de demandas.

Detrás del pedido de alimento, por ejemplo, hay un pedido de la madre, un “déjate alimentar”. “Pedime que te alimente” o bien: “pedime que te ofrezca” E incluso: “pedime que te pida”. Así de intrincadas pueden ser las demandas, tan difíciles de desentrañar. Por eso hay que darles tantas vueltas en los análisis. Vueltas y vueltas hasta que puedan desarmarse. Muchos de los “rollos” de los niños con la alimentación se alimentan de la demanda.

Recuerden que en el registro del humano, que para nosotros es del hablante, es más importante el otro que el objeto. Sencillamente porque desde el momento en que hablamos, los seres humanos ya no tenemos una relación directa o natural con el objeto, el objeto está simbolizado. Todas las funciones así llamadas “naturales” están enrarecidas, regladas, cuando no obstaculizadas, porque están simbolizadas (comer, ir al baño, el sexo) desde que el ser humano habla.

Entonces, importa menos la leche que el pecho o la presencia de la madre, que el pecho como signo de la presencia de la madre. Por eso un chico puede estar ahíto y seguir comiendo o, al revés, un chico puede llegar al límite de la anorexia para alejar a la madre.

Los analistas nos encontramos con las huellas de estas interpretaciones y de esas intrincadas demandas y con sus efectos más o menos catastróficos, con las huellas de los discursos que producen un sujeto.

Problema del sentido

Hay que aclarar que no se trata de eliminar el sentido del campo del psicoanálisis. Lo aclaro porque últimamente se escucha cada cosa que pasa por lacaniana! Todo trabajo y articulación del inconsciente produce sentido, necesariamente, porque es trabajo y articulación del significante. Lo produce, no lo expresa porque, como dijimos, no hay sentido previo. La interpretación también está concernida por el sentido, también lo produce… para disolverlo.

Para Freud el síntoma es el resultado de un sentido fijado, congelado y acumulado. El trabajo del análisis consiste en que pueda perderse. ¿Cómo se hace para gastarlo? No tenemos otra cosa que el arduo trabajo sinsentido del significante. Producción y pérdida de sentido, “pas de sens”  dice Lacan refiriéndose a esto mismo y jugando con el doble sentido del pas en francés: partícula de negación y “paso”. “Paso” de sentido, al mismo tiempo que su negación. La multivocidad y el malentendido hacen posible la pérdida de sentido.

Para dar cuenta de esto necesitamos una teoría del significante diferente de la teoría lingüística que lo hace depender del significado. Sin ello no podemos avanzar en disolver las significaciones congeladas en los síntomas y en las neurosis. Esto supone una toma de posición del psicoanálisis, pero eso no quiere decir que el sentido no exista para el psicoanálisis.

Desde el momento en que Freud habla de sobredeterminación del síntoma y de sentido inconsciente del síntoma quiere decir que no podemos eliminar el sentido de nuestro campo. Ahora bien, ¿qué quiere decir que el síntoma tiene sentido?

Para Freud quería decir que pertenecía al campo de lo simbólico y quería decir, contra toda la evidencia de las ciencias del momento que significaba algo.

Hay que deslindar varias cuestiones en esto:

Por un lado: la convicción de Freud de que la proliferación significante produce un entrecruzamiento infernal de mensajes, demandas, certezas y exigencias de todo tipo, ya que todo sujeto viene a existir en el punto de cruce del narcisismo, los ideales, los deseos y el superyo de los padres, entre otras cosas. Todo esto produce al decir de Lacan “un baño de lenguaje” donde existimos. Y los efectos más comunes de este baño de lenguaje es una acumulación de sentidos que, según Freud, es lo que enferma, lo que neurotiza.

Ahora bien, podemos decir que el síntoma es el lugar en el que se manifiesta este pegoteo de sentido, como sentido congelado, como significación única. Esto en la medida en que no se lo hace hablar, en la medida en que permanece mudo.

El síntoma se presenta como un mensaje cifrado que convoca a su desciframiento. Esa es en realidad una trampa. Si nosotros como analistas, mordemos el anzuelo de la neurosis de otorgar sentido al síntoma, sonamos, no avanzaremos más en su disolución. Fíjense, el neurótico está enfermo de sentido y de los sentidos del discurso familiar, social, mediático, etc. Y sin embargo pide más y más: lee el horóscopo, se hace tirar las cartas y el tarot, va a los adivinos, trata de que le lean las manos y el curso de los astros, se hace religioso, quiere regir su vida según el último libro de autoayuda o según la terapia o el médico de moda. …

Cuando Freud propone interpretar el síntoma, cuando plantea la interpretación dice que hay que dar lugar al sentido del síntoma. Pero agrega inconsciente. El síntoma tiene un sentido…inconsciente. Y cada vez que nos encontramos este término “inconsciente” predicado de algo, ese algo ya deja de ser lo que pensamos que era. “Pensamientos inconscientes”, “deseo inconsciente”, “sentimientos inconscientes”, “sentido inconsciente” etc. Repásenlos, ninguno de esos términos de los que Freud predica “inc” sigue siendo conceptualmente lo que suponemos. Hay que escuchar otra cosa. 

En este caso, de lo que se trata es de dar lugar al advenimiento de sentidos. Pero no para fijarlos sino para multiplicarlos, quebrar su pregnancia y así, dar lugar al malentendido, disolverlos.

Y esto ¿cómo se hace? Dando lugar al trabajo del Inc. que es un trabajo de significantes, dándole lugar al sinsentido.

Pero lo que tiene que quedar claro es que la articulación del inconsciente es una articulación significante y que esa articulación producirá necesariamente sentido. A nosotros, psicoanalistas, no nos interesa revelar el sentido último de los síntomas. Lo que nos interesa es disolverlo. ¿Y qué tenemos para eso? Lo que el trabajo del inconsciente nos proporciona: el sinsentido del significante.

Hay que hacer una diferencia entre el sentido que produce la articulación significante que es la interpretación, (un sentido que vuelve a caer de inmediato en el sinsentido, un sentido que consiente al malentendido), de la fijación de un sentido que se propone como único y que habita en el síntoma. El síntoma es como una máquina de fijar significaciones o de constituirlas. La interpretación trabaja con el significante que proporciona el inconsciente por la vía del equívoco y del malentendido para desarmar esa significación congelada que es el síntoma. No debemos confundir el síntoma con el inconsciente, ni el sueño con el inconsciente.

Cuando Freud dice que el síntoma tiene un sentido inconsciente hay que entender:    a) Por un lado, que el síntoma neurótico supone el dominio de lo simbólico.                                     b)    Por otro lado, que ese sentido tiene una determinación inconsciente. Lo cual quiere decir no sólo que no se sabe cuál es (que se lo desconoce) sino que requiere interpretación. Sin interpretación el síntoma no tiene chance de disolverse c) Pero insisto ¿qué interpretación? No una que otorgue significación sino una que destituya sentido. d)) ¿Y qué se le ocurrió a Freud como modo de tratar con esa máquina de fijar significaciones que es el síntoma? La provocación de un discurso sinsentido.

Respuesta a una pregunta:

Me parece que ustedes están confundiendo algo: una cosa es el trabajo del inconsciente. El trabajo del inconsciente no atiende a los sentidos o significados que nosotros consideramos imaginariamente que poseen las palabras. Las arma y las desarma de acuerdo a una lógica diferente. Por eso en un sueño puede aparecer una figura condensada, por ejemplo. Y así trabaja el inconsciente uniendo, cortando, separando, etc. Todo trabajo significante produce sentido y ese sentido no estaba antes. Esto es muy importante: el trabajo del significante no expresa sino que produce sentido. Es esa una diferencia fundamental. Si uno piensa que el significante expresa el sentido del inconsciente tiene una determinada concepción del lenguaje (representacionalista o semántica) y tiene también una determinada concepción del inconsciente (un receptáculo de representaciones pulsionales que deben ser dichas). No es ese el concepto de inconsciente que estamos transmitiendo ni es esa la teoría del lenguaje que permite ese concepto de inconsciente.

 Claro que ustedes podrían decirme, ¿pero el discurso familiar acaso no supone alguna condensación de sentidos? Sin duda. Lo que la madre siempre dijo de los hombres o lo que el padre siempre falló en su trabajo, etc, etc., Sin embargo, lo que importa no es lo que la madre o el padre dijo o quiso decir, sino recoger lo que de ese discurso quedó como huella e “hizo sujeto”. De lo contrario podríamos llegar al absurdo- contrariado por la más elemental observación cotidiana -que los mismos padres tendrían que producir en sus hijos sujetos iguales. Y por supuesto no es así.  Ustedes pueden considerar banal esta observación.  Sin embargo, conduce a consideraciones nada banales: por ejemplo, nos permite abstenernos de  hacer una sociología o una puericultura del inconsciente.

Cuando uno pide asociaciones libres para dar lugar a un análisis, pide que intente no dejarse llevar por los sentidos establecidos de las palabras o por los sentidos y saberes acerca de sí mismo, de la moral, etc. etc. Pero tampoco estamos pidiendo que se hable a tontas y a locas al modo del blableo del niño que recién empieza a hablar. No es que quien asocia libremente no está estableciendo algún sentido con lo que dice. Justamente, se producirá algún sentido. Pero el analista deberá leer la articulación significante para llevar ese sentido al sinsentido y que, en todo caso, otro sentido se produzca allí diferente a aquel que el discurso analizante creía sostener. Habrá que trabajar con el equívoco significante para poder quebrar ese sentido congelado hacia la posibilidad de otro.

Por eso cuando la clase pasada hablábamos de la metáfora decíamos que el sentido no está ni en un significante ni en el otro sino en la operación misma de sustitución. Si nosotros no podemos prescindir de la teoría representacional del lenguaje no podemos leer ningún sentido diferente en lo que escuchamos. Entonces el significante no tiene sentido ni lo expresa. Lo produce metafóricamente.

Respuesta a una pregunta:

Hay que hacer una diferencia importante. Llama la atención que son los psicoanalistas lacanianos los que han puesto de moda algo así como que hay que eliminar el sentido del análisis, porque Lacan dice en un momento que no hay que alimentar el síntoma con sentido. Por supuesto, pero Lacan se está refiriendo allí a un sentido provisto por el analista. Llama la atención que después de décadas de situar una noción de significante completamente distinto del de la lingüística, se siga confundiendo el significante lacaniano con la palabra. Y por ende se sigue confundiendo la significación con el sentido. Uno de estos días voy a dedicar una o dos clases a trabajar en profundidad la diferencia entre lingüística y psicoanálisis. Pero la significación no es el sentido. Puesta la trama significante a funcionar se produce siempre sentido. No se trata de eliminar el sentido o de vaciar nuestra vida de él. Eso es insoportable. Es vivir al borde de la ventana del pasaje al acto. El pasaje al acto supone al sujeto como objeto caído, sin la red significante que lo sostiene y cuyo funcionamiento lo produce (el sujeto) siempre en fading y desvanecido, pero respirando en los intervalos.

Por eso en un análisis no se trata de dejar al que habla sin sentido. Se trata que en el mismo lugar en que trabaja el malentendido y el equívoco, dar un paso de sentido (según la expresión –inmejorable a mi gusto-  de Lacan. Producir metáfora.

Respuesta a una pregunta:

Cuando leemos que Freud dice que el síntoma tiene un sentido, ¿debemos entender que ese sentido está en el inconsciente? No. debemos entender que el trabajo del inconsciente produce sentido pero ese sentido es a producirse, a partir de que alguien hable. Porque no hay más que la superficie de la palabra. No hay más que superficie. Si nosotros llamamos inconsciente a algo es a esto que produce y realiza estas operaciones con las palabras. Si el inconsciente tiene alguna existencia ésta es discursiva.

Entonces, acá el problema está en que el concepto de Icc, perturba todas nuestras concepciones cotidianas de espacio y tiempo. Porque nosotros decimos que el trabajo que el inconsciente lleva a cabo con los representantes pulsionales (vía la represión que ya estudiaremos) produce los síntomas y que esos síntomas constituyen una significación sexual congelada, y que eso es lo que enferma. Y luego decimos que un psicoanálisis, vía la asociación libre, al dar lugar al trabajo del inconsciente permitirá, sólo si hay la lectura de la interpretación, justamente, en la medida en que el trabajo del inconsciente supone sinsentido del significante, permitirá, digo, disolver ese sentido congelado del síntoma hacia la multivocidad, hacia el malentendido. Y decimos que ese trabajo, como por milagro, cura.

Ahora bien ¿“dónde” está ese sentido? ¿Dónde están los significantes? ¿Dónde está el inconsciente? Freud habló de Otra escena, habló de espacio virtual, habló de realidad psíquica, de realidad inconciente o de la fantasía. Habló de aparato, de sistemas. Nada de esto tiene consistencia espacial. No hay “un” lugar donde se forma el sentido, o el síntoma. Es materia, sí, pero una materia muy especial, que es el discurso. Fíjense que Freud no considera que el síntoma sea lo que alguien “siente” sino lo que alguien “dice” que le pasa. Dice claramente en “Inhibición, Síntoma y Angustia”, que el síntoma de Juanito no es la fobia a los caballos, sino que el síntoma de Juanito es lo que él dice. Por ejemplo, que el caballo se caiga y patalee. Por eso todas nuestras psicopatologías tienen patas cortas. Y el psicoanálisis no puede hacer ninguna nomenclatura sintomatológica o de cuadros clínicos.

En cuanto a la temporalidad: ya sabemos que el inconsciente propone una temporalidad no cronológica ni sucesiva. El tiempo transcurre, por supuesto, inexorablemente y en ese sentido es irreversible. Somos mortales y esto en Freud está presente todo el tiempo. Léanlo con detenimiento. O sea, deténganse en su letra. La muerte está presente todo el tiempo. Tanto como el sexo. Esa es una gran enseñanza. Sin embargo la mera sucesión cronológica no sirve para apreciar la temporalidad del inconsciente. Tomen cualquier ejemplo de Freud y se encontrarán con esto. Por ejemplo, los dos tiempos del trauma; el “primer” acontecimiento anticipa el “segundo” y, a la vez, recibe su importancia del acontecimiento futuro. Detengámonos un minuto en el razonamiento freudiano: el primer suceso no tenía para Emma un sentido sexual, por eso no resultó traumático. Se vuelve traumático cuando recibe desde el futuro una significación sexual. Y al mismo tiempo la risa de los vendedores no sería una afrenta si no estuviera anticipado- desde los significantes “dependientes”, “tienda”, etc.  que configuraron el primer acontecimiento, – la ofensa sexual.

Tomemos otro ejemplo, el del artículo sobre los Recuerdos encubridores. Allí vemos que un recuerdo de los cinco años está hecho con elementos de los diecisiete y de los veinte. Algo del pasado se extiende hacia el futuro y algo del futuro retorna hacia el presente o engancha el pasado que, a su vez, ya lo había prefigurado. Por eso, el tiempo verbal que le conviene al inconsciente es el futuro imperfecto: el “habrá sido”.

Hay una línea que puede leerse en Freud acerca del goce del síntoma que no se reduce al goce pulsional que él considera que hay en juego. Y es que en el síntoma hay un goce en la significación coagulada, en el sentido congelado y sostenido como uno. 

Freud tuvo claro desde muy temprano en su concepción del tratamiento de la neurosis que no se trataba de decir el sentido del síntoma para hacerlo desaparecer. Recordarán aquel ejemplo de las Lecciones Introductorias… ¿Qué dice Freud? Si yo digo el sentido no logro nada, tal como lo hizo él en esa ocasión en que le dijo a su paciente lo que había averiguado por la madre: que un suceso homosexual en su adolescencia podría haber provocado los ataques de histeria.  ¿Y qué es lo que logra? La reproducción del ataque de histeria frente a sus ojos. Entonces, la cuestión en Freud es la siguiente: por más que nosotros podamos pensar que un síntoma está sostenido en un sentido congelado al cual se fija una satisfacción, el único modo de desarmarlo es llevar ese sentido fijado a la indeterminación del significante. Se trata no de conocerlo sino de perder el sentido.

Se trata de que, por el trabajo insensato del significante el sentido pueda perderse. Lacan escribe jouisens haciendo una condensación entre ““jouissence” y “sens”, entre goce y sentido. De ese sentido fijado en el síntoma, de eso “se goza”. Entonces, en la medida en que nosotros tenemos esta concepción del inconsciente y esta concepción del significante que venimos desarrollando es que podemos dar lugar a que esta pérdida acontezca.

El chiste, al revés del síntoma que acumula sentido, el chiste permite que ese sentido se pierda. Recuerdan que Freud se pregunta: ¿Por qué el chiste hace reír?

La satisfacción del chiste:

Del chiste inocente Freud saca la siguiente enseñanza: ¿qué es lo placentero en el chiste inocente?  El juego de palabras. Es el mismo placer que encuentra el niño en el juego con las palabras cuando comienza a hablar; es placentero para el niño jugar con las palabras e incluso es placentero para quienes lo escuchan. Los padres se matan de risa escuchando los juegos de palabras y el blableo infantil.

Más tarde el habla entra en los moldes de la educación, las normas y el bienhablar. Allí aparece la exigencia de sentido. No se puede hablar de cualquier manera. Hay que hablar en función de esta exigencia. Y con esta exigencia se pierde aquel placer infantil. Sin embargo, dice Freud, el hombre no pierde la ocasión de volver a disfrutar de aquella manera infantil con las palabras. El chiste inocente, la chanza, incluso el retruécano y la réplica chistosa se inscriben en esa línea. O sea que para Freud, una primera fuente del placer del chiste es que permite recuperar este placer del juego de palabras. O sea, de poder jugar con las palabras sin estar atados al sentido de las mismas.

 Respuesta a una pregunta:

 Efectivamente el chiste produce sentido. Pero hay que precisar esto: Por un lado, ese sentido es una x tal como lo es el sentido producido por la metáfora, como lo desarrollamos la vez pasada. Fíjense en la observación de Freud; si el chiste pierde su carácter de tal cuando tenemos que explicarlo y ya no hace reír, quiere decir que ese sentido que produce el juego de los significantes resiste a ser reducido a una significación única. Resiste a ser expresado en términos de saber. El chiste tiene el efecto que tiene por la producción de un sentido sorpresivo e inesperado que tiene que permanecer así, informulado aunque articulado. Si a ese sentido se lo acota a una significación pierde su efecto chistoso. Entonces hay que pensar qué estamos diciendo cuando hablamos de sentido. Nos servirá hacer una diferencia entre significación y sentido. El sentido es metafórico y, como tal, se produce a nivel de la barra. No depende ni de un significante ni de otro. Necesito dos significantes, un espacio entre ellos y una operación de sustitución.

A diferencia del esquema saussureano, yo no considero la unidad semiótica, el signo como una relación biunívoca de significado y significante. Parto de considerar una cadena de significantes insensatos. Entonces, el significante no transparenta ni expresa el significado, no es un dato supuesto de antemano. Sino que esa cadena de significantes insensatos produce como efecto, que no es reintegrable al significante y que no puede apresarse en un significado, es una “x”, un sentido que no sabemos ni sabremos cuál es. Pero ese sentido sólo se producirá en la medida en que la cadena significante se despliegue.

No es que a los lingüistas se les pase por alto la polisemia. De Saussure mismo, sin ir más lejos, considera los ejemplos en los que una significación es indecidible si no apelamos a la cadena de signos. El clásico ejemplo de la palabra muton (cordero). O el de pluma de Benveniste. Para ello apela al concepto de valor, porque el signo necesita para su funcionamiento – e incluso para su definición, porque no olvidemos que se trata de un elemento del sistema de La Lengua- de su consideración relacional. Sólo que el concepto de valor es tomado para poder circunscribir o precisar la significación que es la cuestión decisiva en el concepto saussureano del signo, (la relación entre los dos elementos o las dos caras del mismo). El signo tendrá un valor diferente según la concatenación en la que esté incluido pero no dice que el sentido quede indeterminado o en suspenso. En todo caso, el valor, la inclusión del signo en la cadena acota la polisemia y ayuda a precisar la significación. La lingüística parte del signo y arriba al signo como unidad de significación. Podríamos decir que en la concepción lacaniana del significante Lacan lleva el concepto de valor saussureano hasta sus últimas consecuencias, prescindiendo del signo. En efecto para Lacan el significante se define negativamente, sólo por su diferencia, tal como piensa De Saussure el valor. Sólo que esa negatividad se da para De Saussure en términos de relación de un signo con otro, pero si consideramos la unidad del signo, es una unidad positiva. Lo que va a decir Lacan es que los significantes son diferencia pura. Un significante es lo que los otros no son.

Y esta concepción del significante obliga al analista a abstenerse de otorgar sentido a lo que escucha. Debería ser lo más estúpido posible y no entender nada de lo que se le dice. O, de otro modo, dejarse llevar por el malentendido, el equívoco y la insensatez del significante. Lo notable es que, cuanto más uno le da lugar a esto, más un sujeto se siente escuchado.

Bueno, entonces, tenemos dos fuentes de placer en el chiste: una, la que podemos ubicar en el chiste inocente: el placer del chiste proviene del hecho de que el juego de palabras que le es inherente permite deshacerse de la exigencia de sentido restableciendo así aquel placer infantil. El chiste es una estrategia significante para permitir un pequeño disfrute, cosa que no le resulta fácil a los hablantes. El trabajo con el equívoco le hace una zancadilla a la represión y a la inhibición y permite gozar un poquito.

La otra fuente de placer del chiste la circunscribe Freud abordando el chiste tendencioso (nuestro chiste verde o agresivo) en el cual se agrega algo a ese placer del juego infantil con las palabras.

En el chiste tendencioso el equívoco es una zancadilla a la represión para poder darle lugar a una tendencia reprimida. Entonces, el placer engancha por dos lados: por un lado porque permite la articulación de un deseo y por otro permite perder un poco el sentido y un poco de sentido.

Ahora bien, ¿cómo se produce la articulación de la tendencia –el deseo- hostil o erótica? Y aquí aparece una función distinta del Otro en el chiste. El otro no sólo es necesario para que sancione el sentido no dicho del chiste, sino también para que “enganche” el deseo.

Freud plantea que en el chiste participan siempre no dos sino tres personas: el que cuenta el chiste, el oyente y un tercero que está en posición de objeto de la obscenidad o de la hostilidad y que constituye la necesaria referencia para que se establezca la relación entre los otros dos. Es necesaria la mediación del tercero para que haya placer entre dos.

Entonces: el tercero tiene que estar para que entre los otros dos “pase” algo. Para que haya dos tiene que haber tres. Y, como dijimos, el que escucha tiene que estar no sólo para sancionar el sentido y para que el chiste se constituya sino para que el que lo cuenta pueda gozar. ¿De qué disfruta el que lo cuenta? De la risa del otro, si el otro no se ríe, el que lo cuenta no disfruta.

 Fíjense todo lo que pone en cuestión el esquema del chiste: que haya un emisor del mensaje, que el que habla sabe o es dueño de lo que dice, que el sentido se diga. Cuestiona que haya uno, dos, y luego tres, ya que es necesario que haya tres para que haya dos y para que haya “uno que ríe”. También pone en cuestión la noción de “intrapsíquico”. Porque lo que dice Freud es que el chiste levanta la represión en el otro y ese levantamiento de la represión en el otro permite un súbito levantamiento de la represión en el que lo cuenta con la consecuente ganancia de placer. ¿De dónde proviene esa ganancia? Del hecho de que hay, por un momento, una energía que no se utiliza en mantener la represión, que sólo se pierde.

Veamos, por ejemplo, el chiste obsceno o sexual. Todo lo que estaría destinado a producir la excitación en la mujer es inhibido por la resistencia de ella o bien por la censura del que está hablando. El chiste es un modo de decir no diciendo la procacidad. Si el enunciado es simplemente obsceno eso no es un chiste, es una mera procacidad. Para que sea un chiste debe decirlo sin decirlo. En eso reside el chiste. Bien, decimos que esa censura se sostiene en la represión. ¿En qué consiste el placer del chiste? es que al levantar súbitamente la represión con el juego de significantes se produce un ahorro porque hay un gasto. Mantener la represión supone un gran gasto de energía. Y la idea de Freud es que esa energía que se gasta en la represión es energía que no está disponible para la vida, para el amor, el trabajo, el gozo. Lo que ocurre con el chiste es que al levantar súbitamente la represión una energía se libera. Esa energía que se gasta, que se despilfarra porque no va a usarse para nada más que para gastarla es, al mismo tiempo, un ahorro de la energía hipotecada en mantener la represión. Esto permite que por un instante, en el instante del chiste, podamos perder algo. El signo de esa pérdida es la risa. Por eso dice Freud que en la pérdida de sentido del chiste hay una ganancia de placer.

Respuesta a una pregunta:

Bueno, quizá habría que hablar de dos represiones: una es ésta que obliga a imponer sentido a las palabras y otra la que Freud llama represión del deseo sexual. Ambas represiones son burladas por el chiste, tanto aquella ligada a la exigencia de sentido como aquella ligada a lo sexual.

Ahora bien, ¿qué represión se levanta? ¿La mía cuando cuento el chiste o la del otro? Seguramente, ustedes contestan sin dudar la del otro. Pero ocurre que el levantamiento de la represión en el que escucha redunda en un levantamiento de la represión en el que habla. Este esquema del chiste interesa para entender la concepción freudiana del inconsciente y conmover los conceptos tan difundidos y mal entendidos de: “psiquismo”. Si uno puede poner el chiste como modelo del funcionamiento del inconsciente vemos que aquí no hay psiquismo. Es la clave de la lectura de Freud que hace Lacan. Es Lacan quien pone en el punto de partida al Otro, no al sujeto. Pero esto lo lee en Freud. Porque es Freud quien introduce al Otro en el “psiquismo”; no hay síntoma que no involucre al otro; en el síntoma participa el otro, ya sea que se trate de una identificación al síntoma del otro, ya sea que el síntoma le esté dedicado, ya sea que el síntoma le salga al cruce a algún deseo o a alguna demanda del otro. En fin…Pero lo que es claro es que en Freud, a pesar de sus teorías del aparato psíquico no hay aparato que pueda entenderse como algún sistema cerrado de representaciones, deseos y represiones “propios” o “individuales”.

Respuesta a una pregunta:

Si llevamos tu pregunta hasta sus últimas consecuencias habría que preguntarse por qué la represión y también la censura recaen tan privilegiadamente sobre el sexo. Justo sobre algo que a todo el mundo le gusta. Esto se lo preguntó Freud desde el comienzo hasta el final de su obra, y le fue dando distintas respuestas que ya retomaremos. Eso nos llevaría a consideraciones que hoy no vamos a hacer. Pero lean aquellas clases de Masotta de las “Lecciones de Psicoanálisis”, que son clases dadas en España. Allí hay un hermoso desarrollo de esta pregunta y su respuesta: que lo que se reprime es que no hay saber sobre el sexo. La represión de lo sexual se trata de que no se quiere saber que no hay Saber sobre el sexo. No estoy segura ahora si está esto en las “Lecciones…” o en “El modelo pulsional”. Búsquenlo ustedes…

Pero la cuestión con el chiste es así: la alusión sexual está reprimida y censurada. Si eso pasara sin censura a la expresión verbal sería, dice Freud, una obscenidad, una procacidad. Sin embargo, la técnica verbal del chiste permite que esa obscenidad se diga, y, por lo tanto, se escuche, por alusión. Es el juego de palabras el que permite – como les decía- decirlo sin decirlo. Al poder decirlo, por un desvío, por alusión, por un juego de palabras se ha levantado la represión. Aunque ese levantamiento sea pasajero, es todo un acontecimiento. No es fácil que se levante una represión, para ello es necesario un análisis.

 Por eso Freud se detiene en la forma de los chistes, por ejemplo, en los prolegómenos del chiste, esa preparación previa que es generalmente alguna forma de relato que atrapa la atención y la desvía. Y luego sobreviene el remate final del juego de palabras, ese remate chistoso toma desprevenido al que escucha y lo sorprende produciendo un quiebre del sentido que venía trayendo la historia. Y allí, en el momento de sinsentido se produce la emergencia de un sentido inesperado. Y se produce la risa y el disfrute.

Otra cuestión interesante que señala Freud es que la risa que produce el chiste revela un deseo común o compartido. Algo parecido a lo que señala para la identificación histérica (recuerden la Bella Carnicera). La identificación histérica se hace sobre la base de un deseo común al cual la identificación da lugar.

Sin embargo, esta “comunidad” en el deseo que revela el chiste, muestra la posibilidad de un lazo social que está en las antípodas, tanto del síntoma como de la masa. Puede haber un lazo social que se dé en el sentido del levantamiento de la represión y de la pérdida de goce que enferma y aliena. Se puede estar “juntos”, con la distancia suficiente como para reír, reír y reír.

Esta función sublimatoria del chiste explica que sus estudiosos lo ubicaran dentro de los capítulos de “estética”.

Por otro lado, su carácter esporádico, pasajero, breve, lo hace aún más valioso y buscado. Por algo los cómicos siempre tuvieron lugar destacado en las Cortes reales, tanto como los artistas. Por algo, también, la posibilidad de reír juntos suele estar en primer lugar entre las razones de los enamoramientos.

¿Qué satisfacción?

Bueno. Seguimos la próxima clase.

Clase 3

Hemos visto las condiciones de constitución del chiste: que se trata de un juego de palabras, que es necesaria la participación de otro, del tercero, o el oyente para que el chiste se constituya y es necesario para que el chiste sea chiste que haga reír.

Además Freud enumera los elementos constitutivos del chiste: la sorpresa, la novedad y la repetición (Pág. 136-137-138)

Freud toma el chiste para demostrar que se trata de una producción del inconsciente. En este punto estábamos, lo demuestra, en realidad al considerar el chiste tendencioso, erótico, obsceno y hostil, en los cuales se logra la satisfacción de una pulsión, o de un deseo de pulsión por medio del ardid de hacer reír a otro de una obscenidad o una intención hostil hacia una segunda persona que, en calidad de objeto, es el destinatario de la tendencia.  La tercera persona, el oyente, ríe gracias a la deformación del chiste, gracias al juego del significante, ríe de una intención que de otro modo no aceptaría, ya que sería una mera obscenidad o una injuria.

Dijimos que todo el efecto chistoso reside en su técnica verbal. El chiste no es una mera necedad, no es un simple desatino y no es tampoco un mero disparate verbal; tiene que tener un contenido.

La técnica del chiste

No es ocioso insistir porque si se entiende esto se entiende qué es el inconsciente. Las formaciones del inconsciente, y el chiste en particular, demuestra que el inconsciente tiene una estructura discursiva. ¿Cuál es, como dice Freud, la relación entre el chiste y el inconsciente? para ello tuvimos que develar la estructura del chiste y pudimos destacar: que el chiste depende de su formulación verbal y que el sentido del chiste se constituye en el Otro.

Destaca Freud que en el chiste se puede tomar una palabra en un sentido diferente al que nos es aportado: por metonimia o desplazamiento, por metáfora o condensación. Y en esto, afirma, reside el efecto chistoso y la particularidad del chiste. Si bien clasifica los chistes por condensación (Familionario) o por desplazamiento, (Tomar un baño),  y resalta la fundamental operación metafórica que lo constituye, lo diferencia del trabajo del sueño. Nota que el chiste no necesita para dar lugar al deseo de pulsión un trabajo tan grande de deformación como el sueño, sino que se aprovecha al máximo de una característica fundamental de las palabras: su doble sentido, la posibilidad que tiene el uso de lograr que las palabras dejen de decir lo que dicen para decir otra cosa.

Como decíamos, el chiste no puede decir cualquier cosa, no puede ser mera perplejidad, como son las imágenes condensadas del sueño. El chiste necesita que haya sentido para poder hacerlo caer con el juego insensato del significante. El chiste tiene la misión de “remover un obstáculo”, el obstáculo impuesto por la censura del preconsciente, pero lo hace, podríamos decir, desde el interior mismo de la concesión que la historia chistosa logra de las exigencias conscientes. Dice Freud: “El chiste no establece como el sueño transacciones, no elude el obstáculo sino que se obstina en mantener intacto el juego verbal o desatinado; pero se limita e elegir casos en los que el juego o el disparate puedan parecer admisibles o atinados merced al múltiple sentido de las palabras y a la diversidad de las relaciones intelectuales. Nada distingue mejor  al chiste de las demás formaciones psíquicas que esta bilateralidad (…) el sentido en el desatino”  

 En el chiste “el becerro de oro” vimos que se trata de un chiste por metonimia, por desplazamiento. Pero en él está claro lo que dice Freud, el equívoco se aprovecha del poco sentido de las palabras. Hay en este chiste una doble operación: por un lado “el becerro de oro” ya es una metáfora, es en realidad una ironía para desnudar la hipocresía de la sociedad y su idolatría por el dinero. Pero el chiste se produce en el remate “le quita usted años” toma la palabra a la letra y desarma la metáfora, para darle lugar a la burla ya no solamente hacia la sociedad sino del personaje adulado. Es magnífico este chiste, es una comicidad elevada a la segunda potencia.

Hay un quiebre del sentido, un sinsentido y, a la vez, en el mismo movimiento, producción de sentido. Es lo que llama Lacan paso de sentido.

De aquí provienen dos de los efectos que señala Freud, la sorpresa y la novedad. Hay un momento de suspensión de la significación,  en el que se podría decir “no comprendo”, “estoy desconcertado”, sin embargo esto no ocurre, el sujeto acepta y asume la ruptura de sentido y en esto reside la generación de placer del chiste, y la posibilidad del chiste. Tiene que haber sorpresa y esa sorpresa es el signo de la producción de un sentido inesperado y, por ello, nuevo. 

Aparte de la bilateralidad, Freud no deja de insistir en otra característica fundamental de la técnica del chiste: su brevedad: es necesario que el chiste diga sin decir todo. Esta es su esencia metafórica. En el chiste se trata siempre de lo dicho pero también de lo que no se puede decir.

Eso que no se dice en lo que se dice y que se dice en lo que no se dice, es el agujero por el que el chiste le hace lugar al deseo y a la verdad inconsciente.  Enseguida vamos a verlo.

El Otro

Pero con la mera técnica no se constituye el chiste. Es necesario que haya un tercero, el Otro. Lo hemos trabajado mucho la clase anterior, el Otro como lugar de constitución del chiste y, por lo tanto, del mensaje. Pero también el lugar necesario para poder gozar del chiste.

“(…) todo lo que se dirige a la consecución de placer está calculado en el chiste con vistas a la tercera persona, como si obstáculos internos insuperables se opusieran a dicha consecución en la primera. Recibimos así la impresión de que la tercera persona es insustituible para la conclusión del proceso del chiste” pág. 137

A diferencia del sueño que, aparentemente (ya veremos, más adelante por qué decimos aparentemente) no necesita de otro para producirse, no tiene nada que comunicar a nadie, permanece incomprensible para el soñante y carece de todo interés para los demás -de hecho todos padecemos los relatos matutinos de los sueños de las personas con las que convivimos! Por eso mismo, dice Freud, el sueño subsiste encubierto en su disfraz y es objeto de una deformación por los procesos inconscientes, que los hace irreconocibles. En cambio el chiste es una producción eminentemente social, es, de hecho “la más social de las producciones (inconscientes) encaminadas a la consecución de placer” (…) Tiene, por tanto, que hallarse ligado a la condición de comprensibilidad y la deformación que por medio de la condensación y el desplazamiento pueda sufrir en lo inconsciente deberá detenerse antes de hacerlo irreconocible para la otra persona”.

Esto conecta, entonces, con la bilateralidad, el chiste necesita una fachada lógica, racional, consciente que provee el sentido que pueda consensuarse y sobre el cual opera el significante. Pero por otra parte señala la característica particular de ese “otro” del chiste. Ustedes recordarán que Freud dice que el chiste se produce entre aquellos que son “de la misma parroquia”. ¿Qué quiere decir esto? Debe haber entre quienes participan del chiste una comunidad de sentido. En principio, deben hablar la misma lengua. Dada la total dependencia del chiste del juego significante, sólo se producirá entre hablantes de la misma lengua. Por otra parte tiene que haber entre ambos una comunidad de pensamiento, una comunidad ideológica y fundamentalmente una comunidad de deseo.

El chiste le sirve a Lacan para hablar del Otro con mayúsculas. Dice Lacan: “Se trata siempre del mecanismo del lenguaje, el plano en que el Otro es alcanzado en el chiste. ¿Cómo podemos definir a este Otro? En principio, decimos que tenemos que vérnosla con un viviente, un viviente que entiende el lenguaje y que posee un stock de lo que se intercambia verbalmente, usos, empleos, locuciones. El tesoro metonímico: lo que el Otro es supuesto saber, conocer la multiplicidad de sus combinaciones posibles, por otra parte, completamente compendiadas, elididas, purificadas, incluso en cuanto a la significación. Se trata de todas las implicaciones metafóricas que de alguna manera ya están apiladas y comprimidas en el lenguaje. El lenguaje en todos sus tiempos de creación significante pero no en estado activo sino latente. Es eso lo que busco despertar en el otro con el chiste, no me dirijo tanto a él (el otro) sino a lo que yo supongo que reposa en él.”

O sea que Lacan encuentra en ese Otro del chiste, encarnado en la otra persona, en el oyente, más bien un lugar simbólico, el tesoro de los significantes, el tesoro de todas las combinaciones significantes de una lengua. Es ese tesoro el que supongo cuando hago un chiste, es al que me dirijo y es con el que me encuentro y el que resuena. Es el tesoro significante en el cual el juego de palabras, el disparate hace resonar un sentido nuevo, inesperado e inaprehensible pero eficaz.

“Apelo al Otro como lugar del significante y hago surgir una dirección de sentido, un  paso de sentido.” (Lacan, Seminario 5)

Ese Otro es el tesoro metonímico, pero también, como vimos la clase pasada es el lugar de constitución del mensaje, del sentido en el sinsentido, y es también ese al que debo hacer gozar necesariamente para lograr mi placer. Al abrigo del chiste algo se satisface, esa tendencia sexual o agresiva que se satisface gracias al levantamiento de la represión por el juego insensato del significante. Lo que subraya Lacan es interesante, él dice, yo no sé a quién me dirijo, aunque conozca a la persona, cuando hago un chiste no me dirijo a ella en particular,  me dirijo a algo anónimo, desconocido, innombrable para producir tanto su placer como el mío, no sé del todo lo que el otro piensa, me tiro un lance y la risa del otro hace aparecer o renueva el hecho de que hay una comunión con el otro, un acuerdo de deseo o de juicio. Y hago con él mi malabarismo, lo distraigo en cierta dirección para luego sorprenderlo apelando a ese stock de las metonimias. Para que mi chiste haga reír a otro es preciso un malabarismo, un tour de force para producir placer en el otro. Por eso Freud dice que el sueño es una escena irreconocible para el deseo, pero que el chiste es un juego. Sólo un juego con el otro, por puro deseo. El sueño, dice, satisface, por transacción una necesidad de dormir. En cambio el chiste no satisface ninguna necesidad, sólo juega, por puro placer, “el chiste busca extraer una pequeña consecución de placer de la simple actividad de nuestro aparato anímico”

Esta idea del Otro como lugar de la lengua, o tesoro metonímico, tesoro del significante, es el lugar en el que resuena el juego del significante para producir esa x de la que hablamos la vez pasada, el sentido en el sinsentido, es el lugar en que la palabra encuentra un sujeto, que es el que ríe, dividido entre las dos personas que ríen. Ese lugar es en el que se constituye el chiste. Freud aclara que nadie hace ni elabora un chiste, el chiste se constituye en Otro lugar que la intención del sujeto. Se constituye, al igual que el sueño en Otra escena, el inconsciente. Nuevamente utiliza Freud en este libro esa expresión, Otra escena, que introdujo en La Interpretación de los sueños.

Respuesta a una pregunta

Sí. También cuando contás un chiste que ya conocés. Por eso Freud a la sorpresa y a la novedad agrega la repetición. A ver, cuando hacés un chiste espontáneo, la experiencia de cualquiera es que ese chiste “te salió”, no es deliberado. Es más, para que algo que se dice en un determinado momento tenga efecto chistoso, lo que se dijo en general “interpreta” algo de lo que está pasando en la situación en que se produjo. El auditorio debe estar concernido de alguna manera para que una réplica o un remate haga reír. Siempre hay un efecto sorpresa, ocurre algo inesperado. Y a menudo el primer sorprendido es el que hace el chiste. Pero depende de la circunstancia muy particular en que se produce, y después pierde efecto. Nunca te pasó que dijiste algo que hace reír a la gente, vos te quedás con una sensación placentera. Si después vas y se lo contás a tu novia, y le decís no sabés el chiste que hice, y como se rió la gente, y lo contás es muy probable que a ella no se le mueva un pelo. El chiste es muy, extremadamente dependiente de la novedad y la sorpresa. Entonces tu pregunta es qué pasa con los chistes “sabidos” los que a vos te contaron y los repetís. Los famosos cuentos chistosos. La cuestión es la misma, dice Freud, porque vos lo conocés, pero si el otro se ríe es porque para él hay novedad y sorpresa. Y como tu placer y tu risa dependen del placer del oyente, vos volvés a reír, y volvés a disfrutar junto con el otro. El placer de la primera persona, la que cuenta el chiste, es altamente dependiente de que se produzca ese ahorro de energía y esa pérdida que implica el gozo del chiste señalado por la risa del otro.

Entonces, el chiste se produce en el inconsciente, en esa Otra escena, o como dice Lacan, Otro piensa en nosotros y piensa según leyes que son las mismas de la organización de la cadena significante, es este significante en acción que llamamos Inconsciente, Otra escena psíquica.

Hemos dicho que en psicoanálisis, a diferencia de la psicología, todos los procesos psíquicos comienzan en el inconsciente. El chiste también. El proceso del chiste comienza en el inconsciente, en las tendencias sexuales y hostiles reprimidas que arrastran la representación preconciente, la palabra, y la somete al trabajo de descomposición típico del inconciente, como lo hemos visto en el sueño y en el olvido o el fallido. Pero en este caso, dice Freud, no se necesita un gran trabajo de deformación, alcanza con aprovecharse del hecho de que el sentido de las palabras puede equivocarse con facilidad. El chiste es una demostración más de la labilidad del sentido, de que las palabras no tienen una significación fija. El inconciente se aprovecha de ello para la producción chistosa.

Freud dice que el chiste permite que la conciencia acepte el modo de funcionamiento del inconsciente, que ese funcionamiento con sus leyes especiales pueda aparecer en la conciencia y que se pueda disfrutar de ello. Da el ejemplo del chiste del caldero. Alguien reclama a otro que el caldero que le ha prestado está averiado y exige indemnización y el aludido contesta: “a mí nunca nadie me ha prestado ningún caldero, además el caldero ya estaba agujereado y por otra parte yo devolví el caldero en perfectas condiciones”.

En el inconciente no existe el principio de no contradicción que sí reina en los procesos concientes- preconcientes. El chiste logra que la conciencia acepte decir lo contradictorio haciendo reír. El chiste será logrado sólo si aporta placer verbal que, como vimos la clase pasada es una de las fuentes de placer del chiste, la posibilidad de recuperar el placer infantil de juego de palabras, venciendo el juicio crítico que la educación ha impuesto.

Recuerden que para Freud todo el placer reside allí, en el vencimiento de las resistencias de represión, del juicio crítico, del pudor, de la decencia, la vergüenza, etc. se trata de rodear lo que hay en el otro de resistencia o de repugnancia y al mismo tiempo poner en acción aquello a lo que resiste.

Bueno, hay otra cuestión que el chiste nos permite abordar antes de concluir el tema. Y es lo que el chiste nos enseña respecto de la verdad y el inconsciente. En principio vimos que para que el chiste sea tal debe tener contenido. ¿A qué le llama Freud contenido?

El chiste y la verdad

Todo aquel que en un momento de distracción deja escapar una verdad se alegra en realidad de verse libre del disfraz impuesto. Es para Freud una fuente de placer cada vez que -según sus palabras- se puede arrancar un disfraz o provocar una autodelación.

Los ejemplos más lindos que hay en el libro son los de los casamenteros. El futuro marido protesta por la novia que le quieren imponer: “pero la madre es una bruja”. “¡Pero usted no se va a casar con la madre”- replica el agente matrimonial, “¡Pero no es joven ni bonita, “¡Mejor así no lo engaña”, “Pero es pobre” “Acá no estamos hablando de dinero!” “¡¡¡Pero si es jorobada!!!” “Bueno, hombre, algún defecto tenía que tener”

El casamentero va oponiendo razonamientos lógicos, argumentos generales, sofísticos a cada una de las objeciones del aspirante, sin embargo, a pesar del engaño y el encubrimiento, entre líneas, en el discurso se va diciendo que la mujer es vieja, fea, pobre y con una madre de temer. A pesar del engaño y la desmentida, la verdad se va diciendo entre líneas. La carcajada surge en el remate, cuando queda al descubierto el desparpajo y el cinismo del casamentero que hace abuso de artilugios intelectuales y retóricos para esconder la verdad.

Hay otro que va en el mismo sentido. El casamentero lleva a un auxiliar a la entrevista con el aspirante. La función del auxiliar es ayudar a exaltar las bondades de la joven que el casamentero subraye. Entonces: “La muchacha es alta como un pino – dice el casamentero. “Como un pino!” dice el auxiliar “Tiene unos ojos hermosos” – “¡Qué ojos” exagera el auxiliar! ¡Y una educación excelente” “Excelentísima!!!”, “Es algo cargada de espaldas” dice el casamentero. Y el auxiliar, entusiasmado: “¿Algo cargada de espaldas? ¡Lo que tiene es una joroba estupenda!”

En otro el pretendiente se queja: “pero si es vieja, fea, bizca, desdentada…” “puede hablar fuerte –replica el casamentero- también es sorda”

Y el otro. El casamentero y el pretendiente están en la casa de la novia, esperando. En la estancia hay una vitrina con objetos caros. “Se da cuenta que son gente de dinero, mire las cosas que tienen” “Pero – dice el joven desconfiado- no podría ocurrir que hubieran pedido prestadas estas cosas para engañarme?” “Qué va! ¡Nadie le prestaría nada a esta clase de gente!”

De estos últimos ejemplos, Freud dice que el remate chistoso muestra cómo la verdad se abre paso en la red de engaños y no duda en ubicarlos como chistes tendenciosos ya que en ellas se logra descubrir lo prohibido: “Todo aquel que en un momento de distracción deja escapar una verdad se alegra en realidad de verse libre del disfraz impuesto… sin tal consentimiento interior nadie se deja dominar por el automatismo que hace acá surgir la verdad” El hombre que viene engañando de tal manera a su cliente, aprovecha, inadvertidamente y a pesar suyo, la oportunidad para gritar la verdad, aun en contra de sus intereses.

Sin duda, detrás de estos chistes hay una crítica a la institución social de los matrimonios arreglados, y con la expresión “esta clase de gente” todo el ridículo recae sobre las familias que se prestan a esos manejos vendiendo a sus hijas como si fueran mercancías, apelando al engaño, una crítica a la condición moral de esas mujeres que se dejan casar de un modo tan poco decoroso, y en un tiro por elevación, una crítica a la integridad de los matrimonios celebrados de esa manera. La proliferación de este tipo de historias cómicas en esa época demuestra que existía una fuerte crítica social a esa práctica, una crítica que se hace presente mediante el chiste.

  No hay chiste que no haga surgir una verdad amordazada. Ahora bien, la característica del chiste es que la verdad es dicha a medias, en forma encubierta, entramada con el engaño. De lo contrario sería un alegato o una confesión. Lo interesante es que es por esta capacidad de decir a medias y de forma encubierta que el chiste es chiste, es decir, que hace reír. No se trata de conmover al otro revelándole alguna verdad sino de engancharlo en un goce.

Otra vez, el chiste apela a la complicidad del interlocutor. Hay una comunión con el Otro ¿En qué punto dice Freud? En el punto en que compartimos una inhibición o las consecuencias de una represión. Entonces, a lo que apela el chiste al dirigirse al Otro no es sólo al stock de lenguaje que supongo en el Otro por lo cual el chiste puede “resonar”, sino al hecho de que el Otro es inconsciente y con el que comparto alguna represión y algunas condiciones de síntoma y de goce. El chiste toca al Otro en el punto de su división y por eso puede escucharse no sólo lo que se dice sino más allá de lo que se dice. Y allí es donde se entredice una verdad rechazada.

Vean ustedes la exquisita interpretación que hace Freud de estos chistes. Hay otro en el que hace notar que la crítica recae sobre el pretendiente “¿Qué cualidades pretende usted de una mujer?” pregunta el agente matrimonial,  “Que sea bonita, rica e instruida- dice el pretendiente” “Ah bueno, dice el intermediario, pero con eso yo hago tres negocios”, descubriendo la estofa moral de un hombre que recurre a estos métodos para encontrar una mujer para casarse.

Ya ven cómo trabaja este chiste. El intermediario dice la verdad sobre su negocio, pero la tendencia (la agresión crítica diría Freud) recae develando, haciendo surgir otra verdad,  la poca calidad moral de un hombre que está dispuesto a pagar porque le consigan una mujer acorde a sus pretensiones, y encontrándose, a la vez, con lo desmedido de las mismas, ya que no hay mujer que las complazca.

Bueno, pero todo esto que comenta Freud, y que nosotros comentamos a nuestra vez, es lo que el chiste dice sin decir. O lo que el chiste no dice diciendo. Por eso es un chiste. La verdad está entretejida, entramada en el juego de la historia chistosa. Se hace escuchar en la trama del engaño. De esta manera, el chiste enseña todo lo que podemos pensar de la verdad para el psicoanálisis. De hecho, esto inspira a Lacan en casi todo lo que dice sobre la verdad.

Hay un chiste en este libro que es magnífico para plantear el abordaje que el psicoanálisis hace de la verdad, y al cual Lacan le ha sacado el jugo volviendo una y otra vez sobre él.

Se encuentran dos paisanos en la estación de tren. “Voy a Lemberg”, le dice uno a otro. Y el otro le contesta: “Por qué me dices que vas a Lemberg, para que yo crea que vas a Cracovia, cuando en realidad vas a Lemberg”?: Dice Freud: “miente cuando dice la verdad y dice la verdad por medio de una mentira. El más serio contenido de este chiste es, sin embargo, la interrogación que abre sobre las condiciones de la verdad. ¿Decimos la verdad cuando describimos las cosas tal como son, sin ocuparnos de cómo el que nos oye interpretará nuestras palabras?”

Entonces, para Freud la verdad no es la adecuación al objeto sino la relación del sujeto con las consecuencias de lo que dice. Si Freud habla de condiciones de la verdad es porque es siempre un sujeto el que la dice o el que supuestamente la dice.

Por otro lado, ¿qué quiere decir “decir la verdad”? ¿Estamos seguros de que decimos la verdad cuando describimos la supuesta realidad, los objetos, los hechos? Esto nos conduce a las paradojas del realismo: ¿cuánto puede acercarse la palabra a la cosa? ¿Cómo puede la palabra reproducir el “orden de las cosas”? Hay algo que dificulta y que resiste a ello que es la subjetividad. Por el hecho de  que se habla hay un sujeto implicado y, por lo tanto, está en juego la mentira y el engaño. (Veremos más adelante las consideraciones que la filosofía del lenguaje debe hacer de la  enunciación.  El chiste demuestra que tanto la verdad como el deseo se articulan por desvío, por procuración. No hay expresión directa. La verdad no se sabe, no puede saberse, sólo puede padecerse. De ahí la conocida frase de Lacan que la verdad sólo se dice a medias.

Bueno. Si les parece, podemos destinar la última parte de la clase a las dudas. ¿Preguntas?

Respuesta a una pregunta.

Una cosa es hacer un chiste y otra contar un chiste. Sin embargo, la intencionalidad de la narración del chiste, el hecho de que sea consciente cuando se cuenta no deja de lado ninguna de las características del chiste: depende de la técnica verbal, hay el mismo efecto sorpresa; si no “engancha” el placer del otro no tiene gracia, por lo tanto no es el que lo cuenta sino el que lo escucha, el otro el que sanciona el chiste como tal; el que lo cuenta disfruta de la risa del otro. Cuando uno cuenta un chiste que le gusta mucho porque lo hizo reír lo vuelve a contar para volver a disfrutar si el otro se ríe. De modo tal que  tanto el sentido como la intención chistosa no son previos, son sancionados.

Respuesta a una pregunta:

Es que no hay dos sino tres en la escena del chiste. El que lo cuenta es la primera persona, la segunda persona es aquella que es objeto de la tendencia obscena u hostil y que no está presente en la escena pero que participa de ella, por ejemplo, la mujer sobre la que se hace un chiste erótico. Y la tercera persona es el oyente, el que escucha el chiste y el que lo va a sancionar como tal. Ese tercero figura la función de alteridad radical del lenguaje: tanto el que lo cuenta como el que lo escucha son “tomados” en el juego de palabras que trasciende tanto la intencionalidad del que lo dice como la comprensión del que lo escucha. Por eso dice Lacan que ese Otro supone un viviente pero va más allá del viviente, ese tercero es el Otro en tanto tesoro de la lengua.

Respuesta a una pregunta:

Respecto del placer Freud distingue la chanza del chiste. La consecución de placer se produce por el ahorro del gasto psíquico que supone el mantenimiento de la represión.

  El juego de palabras  recupera el placer infantil de jugar con las palabras, por un lado, pero también hay otra cosa que se satisface, y es la satisfacción de la demanda de ser escuchado más allá del querer decir. Las técnicas de sinsentido del chiste corresponden a una fuente de placer. Este placer surge del ahorro de gasto psíquico y de la liberación de coerción de la crítica: procedimientos que restablecen antiguas libertades y descargan al sujeto del peso de las coerciones impuestas por la educación. Son reducciones de la carga psíquica. Hay también placer en la repetición de lo análogo, el reencuentro de lo conocido. Pero acá estamos en el nivel de  la chanza. La chanza: no es aún un chiste. Supone el placer de realizar lo que la crítica prohibía: disfrutar con el juego de palabras.

El chiste en cambio supone elaboración: Les leo. Dice Freud, es necesaria  “la selección del material verbal y situaciones intelectuales que permiten al antiguo juego de palabras soportar la crítica y su examen. De ahí que el chiste no es un mero desatino. Es sentido en el desatino. El ropaje chistoso confunde y soborna nuestra crítica”.   O sea, no es un mero blableo o un disparate silábico.

Pero a este placer se añade otro goce, el del chiste tendencioso: que “da libertad a magnitudes de placer por medio de la remoción de coerciones”. La tendencia reprimida recibe con la ayuda del placer del chiste la energía suficiente para vencer la represión. En estas circunstancias es cuando más nos hace reír un chiste.

Por supuesto que, como toda formación del inconsciente, se trata de una satisfacción sustitutiva. Es el modo que encuentra la tendencia, o el deseo (cuya fuente es pulsional) para lograr el poco de satisfacción que le es asequible.

Respecto de las estrategias del deseo, y para terminar, veamos un chiste al que también hace referencia Lacan en algún momento. Es de la serie de los “sablistas” como dice la traducción de Ballesteros, o sea de los pedigüeños. Uno le pide dinero a otro que está en situación más acomodada, y éste se lo da. Al mediodía el rico va a almorzar a un buen restaurant y se lo encuentra al pedigüeño comiendo un plato muy caro, salmón con mayonesa. Se lo reprocha, y el otro le contesta: “Pero si cuando no tengo plata no puedo comer salmón con mayonesa, y cuando tengo plata no puedo comer salmón con mayonesa, entonces ¿cuándo voy a comer salmón con mayonesa?”

Así actúa el deseo inconsciente, abriéndose paso a través de la represión, la censura y la resistencia. Encontrando los resquicios para articularse. Como vamos a ver en las clases próximas sobre represión, el deseo inconsciente es indestructible. No entiende de lógicas, de razones ni de conveniencias,  no se atiene a morales ni reconvenciones, no le importan las buenas maneras sociales. Por el contrario, la cultura, para establecerse ha debido imponer férreas normas a las que el deseo siempre logra burlar. Por eso somos humanos, y por eso la sociedad y la vida es mucho más compleja que lo que las normas nos tienen preparado.

Stella Cinzone.

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